El niño blanco nació blanco, creció blanco y....
Hace muchos años en la isla de Cabrera existió un amor tan grande como nunca había habido, como fruto de ese amor nació un niño, un niño blanco... Pero los abuelos de la criatura negaron su existencia y decidieron olvidarlo, su madre ante la desesperación y el abandono al que la tenían sometida marchó sin rumbo hacia la playa, llenando su cabeza de locas ideas.... Llegó hasta la cuevita donde su amor creó nueva vida y allí entre lágrimas y perdones abandonó al niño blanco, a la salida movió con todas sus fuerzas una gran roca y cerró para siempre una historia nueva.
Cuando a la noche el niño blanco despertó, comenzó a llorar hambriento, sus llantos hicieron eco en las paredes rocosas, se despertaron hasta las caracolas, era tanta su desesperación que pronto el llanto se tornó en chillido.
Las estrellas conmovidas cantaron susurros al oído de la luna para convencerla de auxiliar al pequeño... y así lo hizo, por un agujero que había en el techo de la cueva, se coló luz de luna, ésta enredó a la mar para filtrar agua hasta el interior de la cueva, así consiguieron hacer una cuna, un charco de agua salada que mecía al niño blanco al compás de la nana que la luna le cantaba, los caballitos de mar le llevaron algas y los mejillones se retorcían para sacar el jugode sus conchas...
El niño blanco creció entre cuatro paredes, dormía de día y por la noche cantaba con la luna y bailaba con las sirenas.
Durante los años que llevaba encerrado en la cueva, su madre se había casado y había formado una familia, pero sus noches eran un infierno pensando en el episodio del abandono y las consecuencias. Mientras, el niño blanco hecho ya hombre se sentía un ser único, como si el mundo fuera únicamente aquella cueva y él su único habitante. La luna era su madre, las estrellas sus hermanas y el agua su padre....
Pasaron los años y una noche todo el mundo pudo ver como subía al cielo una luz blanca y pura, convirtiéndose no en una estrella si no en una constelación entera, nadie supo dar explicación lógica a ese extraño acontecimiento, excepto una niña que conocía la historia de su abuela, en la que una noche, la luna, entre llantos y perdones, le robó a su niño blanco.

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